lunes, 24 de abril de 2017

ACCIÓN DIRECTA Y LUCHA REVOLUCIONARIA

Cada día debería ser más notorio el terreno en disputa que existe. Hablamos en torno a la protesta social y su demonización, la cual busca sentar un ambiente propicio para que judicializaciones más duras sean impartidas desde el Gobierno. Asimismo, esta situación, si bien se presenta cotidianamente, lo hace mediatizada y vaciada de contenido subversivo: la cuestión queda reducida a una disputa por el espacio público.

El mes comenzó con una marcha alentada por el gobierno nacional. Aquel primer sábado de abril se movilizaron sectores del pueblo argentino, explotadores y explotados, quienes consideran que el Estado debe garantizar a los ciudadanos la libertad de circulación y trabajo, o sea, la calle debe estar libre de toda movilización social. La marcha denominada por la democracia, fue una palmada en el hombro a su vez de los atorrantes del gobierno.

Días más tarde, el paro general del 6 de abril, convocado y acatado por las centrales sindicales mayoritarias, tuvo episodios represivos de distinto tenor, el más importante en la zona norte del Gran Buenos Aires, con el desalojo de la Ruta Nacional 9, más conocida como Panamericana. Allí, tras la represión con palos y gases, hubo un fuerte ataque político–mediático dirigido hacia los que utilizaron los palos de las banderas para defenderse del ataque de Gendarmería.

Mientras, en un encuentro rodeado de potenciales inversores, el presidente festejó estar trabajando el día en el que se paralizó por completo la actividad laboral. El Ministerio de Seguridad se regodeó de la eficacia del operativo de desalojo en Panamericana y otros puntos, mientras Jorge Triaca, Ministro de Trabajo, repitió sin cesar la mentira que reza un aumento en la creación de empleo. La CGT y la CTA salieron con culpa en búsqueda de diálogo con el Gobierno, mientras millones de opiniones cibernéticas eran expresadas a través de imágenes que mediatizaban el movimiento real de la sociedad.

El día 7 las fuerzas represivas desalojaron a los trabajadores de AGR–Clarín, quienes se encontraban tomando las instalaciones desde hacía ochenta y dos días. Al día siguiente, reprimieron una protesta de docentes que, después de meses de intenso conflicto con el ejecutivo, buscaban instalar una carpa frente al Congreso de la Nación.

En declaraciones posteriores el presidente Mauricio Macri cerró el mensaje: «la calle no va a ser lugar para la organización y la lucha, sino para la libre circulación».

Así, intentan vetar la acción social como forma de presión y resistencia frente a la prepotencia y el abuso cotidiano. Este firme gesto fue enviado a través de las fuerzas represivas, para abrir paso a la vía democrática, representativa y burguesa, con proyectos de ley que profundizan las penas ya contempladas en otros “protocolos de actuación del Estado”, desarrollados para controlar las medidas de fuerza y las manifestaciones públicas: la acción directa.

Ver más allá del capitalismo y sus mediadores 
A este punto del planteo es útil aclarar que las medidas de fuerza y movilizaciones, a las que estamos por demás de acostumbrados, son de carácter reformista–sindicalista. Pongamos por caso las negociaciones mediadas por el sindicato, las cuales, absurdamente, buscan encontrar algún equilibrio entre el costo de vida y el precio de la fuerza de trabajo. Pero hay algo más en este rol de eterno mediador: el sindicato es el organizador del trabajo en un mundo que requiere del trabajo organizado.

Aquellos empresarios que putean cuando no les sale su jugada y salen en los diarios culpando a los sindicatos de todo, encubren —aunque tampoco tanto— que la empresa capitalista moderna no existe sin el sindicato. El trabajo industrial no funciona sin el sindicato vertical y disciplinador, como tampoco la organización patronal existe sin el sindicato, y a su vez, el sindicato solo puede existir gracias al horrendo monstruo capitalista que lo generó.

En la actualidad los sindicatos se ven obligados a movilizar, porque en algunos casos puntuales la situación los excede pero, por sobre todo, tienen que justificar su existencia misma dentro de este mundo. Como un perro se aplasta contra el suelo y mueve la cola para demostrar al amo que ladra solo porque es un perro, pero, con todo, un perro fiel. Cuando el descontento es creciente queda en evidencia cómo el sindicato, junto al Estado y al empresariado, juega un rol determinante en la contención social.

Los mediadores no luchan por nosotros, sino contra nosotros. Y de ese modo, nosotros debemos intentar ver más allá del restringido panorama sindicalista que nos reduce a trabajadores y nada más, porque dentro de ese horizonte capitalista, que les asegura paz y continuidad, la lucha revolucionaria no tiene sentido.

Si luchamos a pesar de ellos, si potenciamos el rechazo del horizonte reformista aún frente a la posible derrota, también podemos ganar, en espíritu de revuelta, participando junto al resto de los explotados, oponiendo la unidad de clase más allá de los reclamos específicos. Los sindicalistas resisten este punto de vista y se unen a los capitalistas en su miedo común a la rebelión.

Cabe aclarar que el rechazo al sindicato y a toda estructura del Capital, que esbozamos, no es eficientista, ni busca una estructura alternativa que haga lo mismo pero con otro nombre. El sindicato, en sus objetivos de freno a la generalización de la lucha y mantenimiento del orden capitalista, es irreemplazable. Y su grado de eficiencia siempre es medido en torno al porcentaje que consiguen: por ejemplo, en Neuquén el gremio docente firmó un acuerdo del 31%, que rompe con la pauta salarial mantenida por el gobierno a nivel nacional, lo cual es presentado por los sindicalistas como un gran triunfo. Pero ahí se queda la cosa. Pactar un 15 % o plantarse en un 40% es importante para poder mejorar nuestra supervivencia, pero si en la lucha no hay comunidad, si entre trabajadoras no nos cuidamos, contagiamos y transformamos mutuamente nuestra necesidad de vida, si no vislumbramos juntos que nuestra necesidad de vida está contrapuesta a la necesidad de ganancia del patrón, es solo una cuestión de números.

En cualquier período de lucha, y sobre todo en los que vienen, tenemos que desarrollar las luchas sin fortalecer los dirigencialismos y toda utilización de nuestra clase y manipulación de nuestras necesidades. Instando a desacatar las órdenes de los dirigentes, a fortalecer las asambleas y espacios de discusión y combate que se desarrollen fuera de las garras de los posibilistas y aventureros.

Sin exigir a quienes negocian con nuestra vida «que pongan fecha». Tomar el palco del “triunvirato” y pedir con insultos que cumplan con su rol de dirigentes, es reconocer su permanencia y avalar su miserable función. Esta visión parcial y débil presenta la lucha como una simple cuestión de voluntad de los líderes políticos y sindicales. Refuerza el hecho de que, a su vez, los reclamos sociales sean capitalizados por dirigentes puntuales que los hacen suyos para orientar y ahogar aún mejor cualquier manifestación de descontento, esto es justamente lo que está sucediendo en el territorio argentino.

La intención no es pedir nuestra porción de la torta. La torta es capitalista y siempre será así. De la burguesía solo podemos esperar miseria y plomo, por más obedientes que sean nuestras acciones, por más mezquinos y denigrantes sean nuestros reclamos. Frente a la búsqueda de reivindicaciones parciales y aisladas de la normalidad reformista, propaguemos la lucha revolucionaria. A la sociedad burguesa y sus instituciones opongamos la lucha por el comunismo y la anarquía siempre. Aún cuando escuchemos ese coro infame que resuena desde el fondo de la historia afirmando al unísono que la realidad no puede trastocarse, que este orden social no puede abolirse. No hay posibilidad, argumentan, ¡como si viniéramos de caminos de triunfos! Que es pedir demasiado, nos responden, ¡qué van a cambiar la realidad con decretos!

Debemos asumir la lucha revolucionaria y comprenderla como parte de un largo proceso de los explotados y oprimidos a través de la historia. La revolución no es una doctrina que nace de principios dogmáticos, nace de los hechos. La clase explotada del mundo constituye y es a la vez constituida por hechos. No somos espectadores de los sucesos, somos sus protagonistas: ¡asaltemos el tren de la historia! ¡Detengamos la marcha capitalista!

POR UNA SOCIEDAD SIN CLASES

Cada asalariado necesita mejorar sus condiciones laborales. La ideología dominante empuja a la salida individual: hacia el «arreglate como puedas» capitalista, que suele significar huir hacia delante pisando las cabezas necesarias. La otra posibilidad es pensar y actuar colectivamente. Rechazada la opción del «sálvese quien pueda» las reivindicaciones salariales son ineludibles y necesarias mientras exista el salario. Pero una cosa es defender la fuerza de trabajo y otra es defender la fuente de trabajo, en este caso, la escuela o, mejor dicho, el Estado.

Es cierto que hoy las escuelas son un lugar de contención, donde miles de trabajadores de la educación dan lo mejor de sí para brindar conocimiento y afecto a millones de chicos. Pero a su vez, y esto no podemos olvidarlo nunca, son también un espacio de disciplinamiento, y no solo por los contenidos que pueden darse. Allí aprendimos durante años a reprimir nuestros cuerpos, encerrados, fichados, quietos, obedientes, cumpliendo horarios, siendo castigados o recompensados, salimos listos para el mercado laboral.

Como en todas las ocasiones que luchamos por nuestra fuerza, por el precio que ponemos a nuestro tiempo, no es necesario defender la institución educativa, como no lo es para un minero defender la minería a cielo abierto. Ya es suficiente con tener que negociar el precio de nuestras vidas como para agregarle el peso de defender a quienes nos compran, ya sea el Ministerio de Educación, una fábrica o una oficina.

El Capital, y no solo en Argentina, solo puede sobrevivir a costa de ajustes de cinturones cada vez más apretados y para ello es necesaria la disciplina, y no solo la que imparten los medios masivos de comunicación, porque estos no son más que un apoyo al gran disciplinamiento de la rutina a la que nos vemos sometidos proletarios grandes y chicos.

El progresismo, que es el progreso del Capital, también tiene su parte en las propuestas pedagógicas ministeriales que han adoptado cada vez más recursos progresistas, cargando a los maestros con una imposibilidad más, debiendo sostener aquel ideal de educación en un contexto completamente desfavorable, que mantiene aún las estructuras modernistas de educación formal. Una bajada de línea, “bonita” en los discursos pero imposible de implementar. He aquí la evidencia de que el actual conflicto gremial, provincial y nacional, no se centra únicamente en el aspecto salarial. Dentro de estas propuestas estatales se pueden oír cosas como: «procesos de subjetivación múltiples» —dado que los sujetos no son universalmente iguales; «ofrecimiento de mayor cantidad de herramientas de comprensión de signos»; desaparición de la idea o imagen de la escuela colonial; «desestructuración de las prácticas»; adopción de los nuevos recursos tecnológicos, entre otras. Propuestas que, para todo docente que desea “transformar” la sociedad haciendo únicamente modificaciones parciales y graduales, creyendo que el cambio se da desde la educación y que jamás se plantea el verdadero rol de la escuela dentro del sistema capitalista, le resulta de lo más estimulante. No nos dejemos engañar: lo insostenible de estas prácticas queda supeditado al contenido, de por sí demagógico, sumando mayores tareas a las docentes a la hora de planificar sus clases que, además de enseñar, deben cuidar, proteger, escuchar, contener, lidiar, reprender, y un largo etcétera.

Tanto pública como privada, la escuela ha sido y sigue siendo una herramienta de adoctrinamiento de los futuros trabajadores. Ese espacio por el que niños y niñas pasan la mayor parte de su crecimiento y juventud, aprendiendo a cumplir con los horarios preestablecidos, a obedecer a sus superiores, a efectuar debidamente las tareas asignadas, a permanecer en una misma aula durante una determinada cantidad de horas, a asimilar la moral de “buenos alumnos” (para convertirse luego en la de “buenos ciudadanos”) y, por sobre todo, a no cuestionar nunca la estructura de dicho sistema. Progresista o colonial, la escuela será siempre igual.

Es importante para el resto de proletarios que trabajadoras y trabajadores de la educación puedan comprenderse como tales, puedan despegarse de su ámbito de trabajo, criticar su labor civilizatoria y renegar del explícito carácter de género establecido específicamente para las mujeres maestras. Que dejen de entenderse dentro del círculo reducido de su especialidad, sino en solidaridad con otras mujeres trabajadoras y con la totalidad de personas explotadas en este mundo dominado por el Capital. Claro que la labor de los docentes es importante, pero no es importante ni para los niños, ni para sus padres, ni para los mismos trabajadores, es importante para la reproducción de este sistema de ganancia y muerte, que requiere que haya un ciclo de nuevos trabajadores libres y educados para explotar.

Los reclamos por mejoras de las condiciones laborales son la resistencia que tenemos más a mano los trabajadores a la hora de enfrentarnos a la explotación. Pero no debemos olvidar que, si bien se ciernen dentro de las reformas y se encuentran comúnmente dentro de los encuadramientos sindicales, son apenas un primer y pequeño paso para la emancipación total de las condiciones materiales de existencia que nos hacen vivir como vivimos.

Luchemos por una sociedad sin clases, de ningún tipo.

DESDE COMODORO RIVADAVIA: TEMPORAL Y DESASTRE

El día 29 de marzo del 2017, en la ciudad de Comodoro Rivadavia, Chubut, comenzó una intensa jornada de lluvias, la cual se extendería durante dos semanas, provocando el colapso de la ciudad. En tan solo treinta minutos, cuando se intensificó la lluvia, la ciudad estuvo totalmente inundada, con cloacas y desagües desbordados y cortes de luz y agua, cuestión agravada con el correr de los días. Esto generó la suspensión de las actividades laborales y, alrededor de las seis de la tarde, se cortaron los accesos principales que unen el centro de la ciudad con los barrios de zona norte por el peligro de derrumbe del cerro Chenque. Lo cierto es que no es la primera vez que en Comodoro se viven tormentas tan fuertes, ya años anteriores diluvios se habían llevado vidas y hogares y dejaban a la gente en la miseria.

Para el 7 de abril la lluvia seguía azotando, con el condimento de los fuertes vientos característicos de la ciudad, situación que empeoró todo el panorama: la mayoría de los acueductos que alimentan los barrios se rompieron o desplazaron?, dejando sin agua para uso diario, provocando además su contaminación por la filtración de agua sucia e incluso de aguas cloacales. La electricidad comenzó a funcionar con intermitencias (y en algunos barrios nunca volvió), y se aumentaron los riesgos de electrificación en la vía pública. En sectores bajos, rodeados de cerros, el agua y los aludes generaron zanjones de varios metros de anchura y profundidad, y en la costa el agua arrastró casas y vehículos al mar. Hay barrios de zona sur en los que solo se puede llegar con canoa o maquinaria pesada y camiones. Se calcula que el 80% de la ciudad está colapsada y dañada, con más de dos mil evacuados y seis mil autoevacuados. Las rutas norte y sur, con salida a Trelew y Rawson y Caleta Olivia respectivamente, se encuentran inhabilitadas y cerradas, y los vuelos suspendidos.

Situaciones similares se viven en otras provincias como San Juan, Córdoba y zona norte de Santa Cruz, con viviendas totalmente destruidas, evacuados y desaparecidos. El problema no es la naturaleza, esta sigue su dinámica de acuerdo a los ambientes. El problema es que las ciudades no están diseñadas para sobrellevar los problemas naturales, sino que se articulan a la necesidad de que circule gente para producir y consumir la mierda de mercancías. Por supuesto los más humildes, los barrios marginados, se llevan la peor parte, porque suelen ser los terrenos inundables o ubicados en zonas bajas o peligrosas, las que se destinan para viviendas de “bajo costo”. Año tras año se prometen obras para paliar estas situaciones y, sin embargo, cada nuevo desastre nos golpea con más fuerza y desborda toda posibilidad de asistir a los afectados.

Frente a este contexto, donde las condiciones diarias de necesidades se llevan hasta los límites extremos, donde cualquier situación podría ser excusa de egoísmo, de acaparamiento de alimentos, agua y todas aquellos elementos vitales, en Comodoro Rivadavia se produce y generaliza una organización social basada en el apoyo mutuo y la solidaridad. Si bien hay situaciones propias de la ciudad capitalista que salen a flote, de gente que se aprovecha de otros, estas se vuelven situaciones aisladas y repudiables porque la necesidad del conjunto es protegerse y ayudar. La solidaridad no se hace desde el punto de vista de «te doy “cosas”», sino que se traduce en acciones. Muchas personas, al tener vehículos 4x4 o camiones, se ofrecieron voluntariamente a la repartición por el territorio, llegando algunos a viajar 20 km de un barrio a otro para acercar agua, abrigo o alimentos. Otros brindaron sus casas para albergar a quienes perdieron todo, se ofrecieron para cocinar en los centros de evacuados y atender a la gente. El medio de comunicación que hizo de puente para cooperar con la difusión de información fue la radio, dando la oportunidad a la gente para que llame y avise sobre su situación, sirviendo de medio de organización y de nexo entre las partes (quienes ayudan y quienes la necesitan).

El afecto hacia el “desconocido”, cuestión lapidada por la sociedad capitalista, salió como un instinto natural, borrando fronteras barriales, futboleras, racistas, xenofóbicas, etc., viendo el dolor del otro como propio, no porque le puede pasar a los suyos (familiares, amigos, etc.) sino porque lo ve como a un par.

Si bien es muy probable que una vez estabilizada la rutina, en la que la gente vuelve a explotarse para sobrevivir, aislándose y recobrando la interminable tarea de levantarse a trabajar y volver a dormir, esta solidaridad se vea tapada. Pero la experiencia nos grita al oído y nos muestra en la cara que somos capaces de organizarnos para salir adelante. No es casualidad que con la destrucción casi completa de la ciudad haya muerto solo una persona. No necesitamos de un Estado, un gobierno, para sobrevivir. No necesitamos ni de sus leyes ni de sus restricciones para saber cómo comportarnos, si somos capaces de sostenernos cuando peor nos trata la vida, somos capaces de extenderlo y ampliarlo cuando la situación mejore.

Hoy rescatamos la solidaridad y el apoyo mutuo, alentamos el saqueo y la comunización de los bienes materiales, ya sean alimentos o camiones de empresas, máquinas y todo aquello que necesitamos para paliar el desastre que ha quedado, porque solo así podremos salir adelante.

¡Viva la comunidad humana!

ATROPELLO CAPITALISTA

Poco después de la medianoche del día 30 de marzo, un proletario afiliado al Sindicato de Trabajadores de la Vigilancia Privada que estaba sosteniendo un piquete sobre el cruce de las rutas Provincial 10 y Nacional 11, en el acceso norte a la ciudad de San Lorenzo, fue asesinado por un hermano de clase que conducía un camión y pasó por sobre el grupo de personas que se estaban manifestando.

Vale aclarar: asesinatos entre proletarios se dan cotidianamente, pero si nos detenemos en este caso particular es porque tiene el atenuante de que se dio en un contexto de lucha por aumento salarial. De todos modos, este homicidio, que no necesitó de las fuerzas represivas del Estado, no fue el primero ni será el ultimo. En otras épocas han ocurrido episodios de este tipo, y en aquel entonces eran ejecutados carneros mercenarios de las patronales.

Como no tenemos el dato preciso, no podemos afirmar que este hecho fue ejecutado por un asesino a sueldo. El problema es que, sea de la manera que sea, seguimos siendo víctimas de un sistema asesino. Porque en diciembre del año pasado un hombre que vendía su fuerza de trabajo en la cerealera CofCo (ubicada en Timbúes) perdió su vida por asfixia, y en febrero del corriente, falleció otro proletario que realizaba trabajos en la planta Louis Dreyfus (ubicada en General Lagos), luego de caer de varios metros de altura.

Con esto queremos decir, que si bien hay asesinatos que conmueven más que otros, sobre todo cuando lo ejecuta una persona que proviene de nuestra misma clase, los otros casos mencionados no son simplemente “accidentes laborales”. Sea un explotador o un explotado quien los ejecute, se den en el medio laboral o doméstico, no dejan de ser asesinatos de un sistema que no da alternativa a vivir de otra manera que no sea a partir de una vida mercantilizada. Los proletarios nos encontramos desorientados, no nos reconocemos como clase social explotada, y sin esa sospecha es imposible luchar para dejar de serlo. Nos relacionamos como competidores, nos desconocemos, cosificamos a quien está a nuestro lado, lo que hace que nos asesinemos entre nosotros y no luchemos contra el verdadero enemigo: el Capital.

Se hace necesario levantar viejas banderas de lucha, que siguen tan vigentes como antes porque reivindican que la vida humana no debe ser cuantificada a partir de criterios monetarios y mucho menos sometida a un trabajo asalariado. En la actualidad son muchos los conflictos sociales que están surgiendo contra despidos y suspensiones, o por aumentos de salarios. Todos están siendo canalizados por los sindicatos, que lo único que pretenden es garantizar la paz social y que la lucha no exceda los límites que los sindicalistas, junto con las patronales y el Estado, acuerdan.

El 6 de abril un motociclista embistió a una mujer y a su hijo de 4 años en Rosario en el marco del paro general. Y el 11 de abril un automovilista embistió a tres trabajadores de General Motors que cortaban la calle frente al Ministerio de Trabajo por las 350 suspensiones, también en Rosario.

Es necesario un quiebre y que la lucha se radicalice (es decir, que busque ir a la raíz del problema) de manera que se asuma la revolución social como la única opción para una vida fraterna entre hermanos y hermanas.

sábado, 4 de marzo de 2017

¡ABAJO EL TRABAJO DOMÉSTICO!

Hace ya varios años que hemos sumado nuestras voces para exponer la relación entre trabajo asalariado y capitalismo, para asumir la contradicción, no defendiendo el trabajo sino la vida. Porque la contradicción más importante por la que luchamos es la que existe entre Capital y vida humana.

El modo de producción capitalista, pese a su imagen racionalista y científica también produce mitos, actos de fe gracias a los cuales se sostiene. Uno de ellos es que el trabajo es ajeno a la historia, que existe desde siempre y que, por tanto, no podría dejar de existir. Esto es una verdadera falacia. El trabajo aparece como actividad separada en las sociedades de clase. Y el trabajo asalariado, más precisamente, es la forma que adquiere la actividad humana en el capitalismo. Es por ello que cuando miles de proletarios en el mundo insistimos con la consigna «¡Abajo el trabajo!» no estamos proponiendo que haya que dejarse morir de frío e inanición, sino que debemos luchar para constituir una comunidad donde nuestras necesidades de alimento y techo, así como de goce y creatividad sean puestas en común sin ser una coartada para cuantificarlas y generar ganancias. Aunque parezca extraño en este tiempo inmóvil del Capital que se asemeja a un eterno presente, la mayor parte de la existencia de nuestra especie no hemos vivido de esta manera; ello vuelve evidente que este modo de producción también tiene los días contados.

Otro mito necesario para apuntalar la normalidad capitalista es exponer el trabajo doméstico como un atributo natural de las mujeres, quienes se supone que, por naturaleza, serían buenas cocineras, lavanderas, amantes, sensibles, débiles y, por sobre todo, dependientes. No es ninguna casualidad, el primer paso para la domesticación es la creación de dependencia.

Una dependencia que es tanto económica como ideológica, basada en el mito (1) de que siempre fue el trabajador asalariado hombre el que llevó el pan a la mesa. Y en el pobre imaginario social —¡y aunque estaba a simple vista!— este trabajador habría carecido de la necesidad de cuidados, porque se trataba de un adulto sano que se valía por sí mismo. Esta falacia no solo invisibilizó —e invisibiliza— esos cuidados, sino que además produce un modelo, especialmente masculino o masculinizante, que se caracteriza por su pretensión de no necesitar de nadie. Un individuo que rechaza la interdependencia humana en nombre de la fuerte y prominente independencia típica del capitalismo.

Tal como sucede con cualquier trabajo, la función de la ideología dominante es que el trabajo doméstico sea naturalizado, amalgamado a cualquier actividad humana, cuando en verdad se trata de un fenómeno social determinado e histórico. El trabajo doméstico de las mujeres se encuentra bajo mayores sombras aun que el trabajo asalariado, por ser considerado, erróneamente, un atributo natural de la personalidad femenina, una aspiración del “ser mujer”. Pero lo que se olvida es que para crear la imagen de ese supuesto atributo natural fueron necesarios siglos enteros de desposesión y de persecución misógina, cuando las mujeres muy lejos estaban de cuadrar con la imagen de ama de casa sumisa y siempre atenta a las necesidades de su familia, y que el Capital «chorreando sangre y lodo por todos los poros», logró imponer.

No es fácil definir al trabajo doméstico en cuanto categoría. Sin embargo, quien lo sufre en carne propia sabe a qué nos referimos. El trabajo doméstico está constituido por las tareas realizadas en el hogar o para el hogar. No obstante, eso no lo es todo: a diferencia de la mayoría de los trabajos asalariados, la jornada no tiene un horario definido ni tareas precisas. ¿Y el cuidado de niños, ancianos y enfermos al que son confinadas millones de mujeres a diario? ¿Y el “servicio sexual”? Esto ni siquiera termina en casa. Llevarle un café al jefe y charlar con él acerca de sus problemas maritales es trabajo de secretaria y no un favor personal. Preocuparse por cumplir con un perfil físico determinado e imitar la imagen de las mujeres de las publicidades es una condición laboral y no el resultado de la vanidad femenina.

Obtener un segundo trabajo para las mujeres no cambia su rol impuesto, así lo han demostrado décadas y décadas de trabajo “femenino” fuera de casa. Un segundo trabajo no solo incrementa la explotación, sino que además reproduce aquel rol de diferentes maneras. Donde sea que miremos podemos observar que los trabajos llevados a cabo por mujeres son meras extensiones de las labores confinadas a la esfera privada.

Amas de casa, maestras, prostitutas, limpieza, secretarias, enfermeras, niñeras, psicólogas… las virtudes de la esposa homenajeada el día de la madre. La celebración oficial de cada 8 de marzo y las loas mercantiles a las mujeres feroces, valientes e independientes es la celebración de la explotación en nombre de un supuesto heroísmo, de una naturaleza femenina que se reconoce en la imagen masculinizante de la mujer todopoderosa, capaz de dedicarse a las tareas del hogar al mismo tiempo que va a trabajar a la oficina.

Para este 8 de marzo se hace un llamado sorprendente: un paro nacional de mujeres. Como toda medida aislada tiene sus propias limitaciones. Pero, en este caso, el paro además visibiliza un hecho sobre el cual se basa la sociedad capitalista y del cual se habla poco y nada. El Capital domina y se desarrolla a través del sistema de salario y es a través del salario que se organiza también la explotación del proletariado no–asalariado. Esta explotación ha sido aún más efectiva porque la falta de un salario la oculta.

En los años 70 del siglo pasado hubo una campaña titulada Salario para el trabajo doméstico. Esto arrancó el tema del ámbito privado, donde se lo sobreprotegía —y aún sobreprotege— para que no entrara en discusión. Pero, en síntonía con el obrerismo, reclamó su porción al Estado y a las empresas por ser de suma importancia para la producción capitalista.

El Capital, además del trabajo asalariado, depende también del trabajo no remunerado realizado por las mujeres en los hogares. Por eso no hay que defenderlo, hay que destruirlo. Recibir un salario por aquello no ha sucedido, y no pareciera que vaya a suceder. Repartir las tareas de forma más equitativa entre hombres y mujeres es una posibilidad, pero bastante remota también. Y si bien cada vez se paga más por servicios que en otros tiempos se solicitaba gratis a las esposas, madres, hermanas, hijas o abuelas, estas siguen soportando la mayor parte de estos quehaceres.

La imposibilidad de reforma es evidente. Así como la necesidad de abolir tanto el ámbito público como el privado de esta sociedad. No hay nada que salvaguardar de ninguno de los dos, ni entremezclarlos, sino hacerlos saltar por los aires junto a toda la sociedad que los ha creado.


Nota:
(1) Con mito nos referimos a una situación que, escapando a la imagen eurocentrista dominante desde mediados de siglo XX, implica un proceso histórico más amplio que las décadas doradas del capitalismo y abarca la realidad de miles de mujeres que por su lugar y momento de nacimiento fueron confinadas a un trabajo siempre menos pago que el del hombre y tuvieron que cumplir además con el trabajo en el hogar. Es por tanto un mito burgués, un ideal de la familia burguesa impuesto a todo el mundo.

¡HIGUI A LA CALLE!

Tristemente volvemos a escribir desde la rabia. Hoy es el caso Analía de Jesús la chispa que enciende la necesidad, cada vez más urgente, de ponernos a reflexionar, agitar y denunciar que las condiciones materiales y las relaciones sociales en que vivimos están deshumanizadas, y que los hechos de violencia son su expresión.

Higui es una mujer lesbiana que está presa desde marzo de 2016 por defenderse de un grupo de hombres que intentaron violarla y asesinarla. Ella vivía en Lomas de Mariló, Moreno, en el Gran Buenos Aires, y debió mudarse por el continuo hostigamiento de vecinos que, incluso, llegaron a incendiar su casa. Dicen que en esa localidad se da una expresión particularmente violenta y patotera de los hombres que no toleran a mujeres lesbianas, y que éstas son agredidas verbalmente, apedreadas y golpeadas si su elección sexual es reconocida. Dicen que allí los hombres “corrigen” tanto a lesbianas como a gays.

El Día de la Madre pasado Higui volvió a Lomas para visitar a su hermana, luego pasó por lo de un amigo que vive cerca y cuando finalizaba el encuentro, el cuñado de su amigo, conocido misógino del barrio, junto a otros nueve, la atacaron a golpes. Higui cuenta que estos seres despreciables acompañaban sus golpes diciendo: «Sos una tortillera. Sos una puta. Te voy a hacer sentir mujer. Te vamos a empalar, tortillera». Luego le rompieron el pantalón y el bóxer y uno de ellos se le tiró encima, dispuesto a violarla. Ella sacó un cuchillo que llevaba escondido y se defendió con un puntazo en el tórax que terminó con la vida de este agresor. Higui perdió el conocimiento hasta que la policía la despertó.

El horror continuó, esta vez, en el periplo burocrático y sádico de la institución policial. Analía fue llevada por personal del Centro de Operaciones Municipales a la comisaría 2da de San Miguel, donde fue objeto de burla y maltrato… «¿Quién te va a querer tocar o abusar a vos, si sos horrible?» La mantuvieron desnuda, presa, golpeada y sin atención médica durante tres días.

Uno de los agresores declaró entonces que Analía se había metido en una pelea entre dos pibes para separarlos, acuchillando a uno. Otros tres testigos declararon exactamente, al pie de la letra, la misma situación. Como es de esperarse, los vecinos se encuentran amenazados por los agresores que hoy caminan por el barrio tranquilamente, y la causa de Higui se halla repleta de irregularidades. Ella está presa desde entonces, acusada de homicidio, y la localización exacta la conocen unos pocos. Podríamos usar el lenguaje del enemigo e indignarnos por el accionar nefasto de la policía y la justicia, pedir más presencia del Estado, más policías. Pero sabemos que el Estado no está ausente en estos hechos, que la democracia no funciona mal. Si cada hecho se piensa de manera aislada las soluciones van a ser individuales, reivindicando los derechos ciudadanos, legales, de cada uno. 

En 2016 hubo varios casos de homicidios por legítima defensa en situaciones de robo. Sin embargo, a Higui no se le reconoce haber actuado en su legítima defensa, figura que parece ser válida solo cuando lo que está en juego es la propiedad privada de una persona burguesa.

Cada caso no es “un caso más” para sumar a una estadística nacional del tipo que sea, lo que aquí está en juego es el modo en que las relaciones sociales se desarrollan, y estos hechos son parte de un problema social y como tal requieren de una solución también social. Lo que le sucedió a Higui es todo el sistema actuando sobre una mujer, lesbiana y pobre. El foco está en poner en tensión todas las relaciones sociales, la violencia generalizada, y las condiciones que generan, permiten y reproducen esta violencia.

MEMORIA: «вниз с войной!»

«¡Abajo la guerra!» gritaban miles de mujeres en los mítines y manifestaciones aquel 8 de marzo de 1917. Petrogrado estaba muy tensa, las trabajadoras textiles estaban en huelga y los metalúrgicos se les sumaban. Los soldados en el frente y los marineros en las bases cercanas se estaban amotinando y las filas de racionamiento eran frecuentes focos de incidentes y destrozos por parte de las trabajadoras domésticas.

El frío invierno, la autocracia, las condiciones del frente, el desabastecimiento, la estructura patriarcal, la miseria en los hogares... Razones sobraban, pero las cicatrices de 1905 todavía ardían. El 8 era un buen día para aumentar la intensidad de la lucha. En Rusia el día de la mujer trabajadora se conmemoraba desde hacía pocos años pero con intenso fervor. Las primeras en rebelarse fueron las hilanderas de las fábricas textiles del distrito de Výborg al norte de Petrogrado: siete mil de ellas marcharon a otras fábricas y hacia las diez de la mañana habían logrado movilizar a otros veinte mil obreros. Los trabajadores despedidos de la Putílov se unieron a los manifestantes. Al mediodía, ya eran alrededor de cincuenta mil manifestantes y a primeras horas de la tarde comenzaron a unírseles obreros metalúrgicos y de las fábricas de municiones. Previendo incidentes, las autoridades habían ordenado el cierre de tiendas y oficinas, lo que hizo que algunos de los empleados se uniesen a las manifestaciones.

Doscientos cincuenta mil obreras y obreros estaban en huelga para el día 10. Este día comenzaron los enfrentamientos con la policía. Los cosacos, la fuerza más confiable del zarismo, decidieron, no obstante, no reprimir. Las fuerzas represivas habían perdido su halo indestructible, cada soldado tenía amigos y familiares entre los huelguistas y temía la vuelta al frente. El movimiento huelguístico fue astuto, no se aisló y buscó activamente la confraternización con los conscriptos arrancados del campo apenas mayores. La última de las puertas hacia la revolución comenzaba a abrirse.

Al cabo de pocos días el Zar finalmente abdicó y, si bien en su reemplazo emergió un gobierno parlamentario, también se consolidó una forma de asociacionismo proletario que había madurado desde su aparición en la Revolución de 1905, los soviets. En éstos, y como era costumbre ya desde las organizaciones narodnikis (populistas), la presencia femenina era permanente.

Entre febrero y octubre, y más aún durante los años siguientes, incluso a pesar de la guerra civil en curso, se avanzó significativamente en históricas reivindicaciones femeninas,(1) como la posibilidad de tener elección sobre la natalidad, deshacer sus matrimonios, que su formación no dependiera de los designios paternos y muchas más. Se imponían con fuerza en las calles las necesidades sociales que las legislaciones nunca traerían. Las actitudes paternales eran combatidas por mujeres, que renegaban de la idea de que su rol en la revolución fuera de apoyo, manteniendo las tareas domésticas a las cuales habían sido condenadas desde la disolución de las comunidades campesinas. «Las mujeres deben jugar un rol significativo en la campaña por los alimentos», llegó a decir Inessa Armand, una de las mayores referentes femeninas del bolchevismo, en 1916.

Pero todo ese proceso estaba, cada vez más, siendo incluido y deformado bajo el Estado, liderado por el Partido Bolchevique. Éste, siguiendo el ejemplo de las organizaciones socialdemócratas del diecinueve, postulaba que las “cuestiones femeninas” debían de tratarse en organizaciones específicas para las camaradas. Así, formaron el Zhenotdel, cuyo órgano de difusión era Kommunistka (La Mujer Comunista) y pusieron a su cargo a Alexandra Kollontai, primera ministra mujer de la historia que, tras un paso por la minoritaria Oposición Obrera, luego sucumbiría al estalinismo, cumpliendo tareas diplomáticas hasta su muerte. Mientras de la boca para afuera ese organismo se dedicaba a concientizar a las mujeres en las ideas socialistas y las necesidades de la revolución, en la práctica, el rol de estas organizaciones se centraba en el viejo truco de legislar y delimitar lo que efectivamente ya estaba sucediendo: los abortos se realizaban y los violadores eran abandonados. Las necesidades eran asumidas directamente por las mujeres, individualmente o a través de las estructuras de solidaridad que se formaban en el calor revolucionario.

El aislamiento de las cuestiones femeninas llegaría en 1920 hasta el ridículo de formar la Internacional Comunista de Mujeres, análoga a otras especificidades como la Internacional Sindical Roja o la Internacional Campesina Roja. Las y los revolucionarios denunciaron este proceso de ahogamiento y burocratización creciente, muchos incluso insistiendo en el rol capitalista y reaccionario del Partido Bolchevique que, si alguna vez había sido una organización revolucionaria, sin duda ya no lo era. Un momento destacable de la crítica práctica fue el intento de asesinato de Lenin, líder bolchevique, a manos de Fania Kaplan, militante histórica e integrante de los Social–Revolucionarios de Izquierda, en 1918.

El ardor de la revolución se apagaba entre el Comunismo de Guerra y la represión permanente a los núcleos todavía disidentes, como en la región ucraniana con el Ejército Negro Insurreccional, y la gloriosa Kronstadt, vigía de Petrogrado, tomada por los viejos marinos. Mientras tanto, las reivindicaciones de mujeres ya habían pasado su punto álgido y comenzaban a retraerse en los cajones de los escritorios. Eventualmente, el mismo estalinismo terminaría por deshacer las organizaciones de mujeres, ya que bajo el socialismo éstas serían, bajo todos los puntos de vista, “iguales a los hombres y libres en su totalidad”. El derecho al aborto se denegaría nuevamente y la sociedad resumiría el curso patriarcal que soñaba extinguir.
Pero cien años después, los latidos de marzo todavía resuenan entre nosotros. La fuerza de la espontaneidad, del asociacionismo directo, de la solidaridad entre mujeres, entre hombres, entre combatientes por la revolución, fue tan fuerte en 1917 como puede serlo hoy día.


Nota:
(1) Usamos este controversial término para reconocer el hecho de que, en gran parte, han sido mujeres las que históricamente han dado sus vidas por necesidades que son de la humanidad toda, y que no solo mejorarían la calidad de vida de uno de los sexos.